LA FAMILIA ("Cuna de la vida y del amor")

TEMAS VARIOS DE SEXUALIDAD Y FERTILIDAD
 

¿Qué está permitido en la relación conyugal?

Padre Jordi Rivero

Para entender lo que está permitido en las relaciones conyugales es necesario primero apreciar que estas relaciones se ubican dentro de un gran plan de Dios. Hay muchos que se han alejado tanto de este maravilloso plan divino que ni siquiera le conocen y si se les explica les parece imposible, porque viven dominados por sus pasiones. Sin embargo, al entender y respetar el valor cristiano de la sexualidad, el matrimonio es capaz de expresar un amor auténtico que les llevará a la deseada felicidad.

Las relaciones conyugales tienen dos fines: El amor unitivo del matrimonio y la procreación de los hijos (apertura a la vida). Las relaciones sexuales constituyen un lenguaje con el que la pareja se dice mutuamente: "yo te amo incondicionalmente, fielmente, para siempre y con todo mi ser. Estoy comprometido/a a formar contigo una familia". La honestidad exige este lenguaje sea verdadero, que de hecho se viva la sexualidad como don en el matrimonio respetando sus fines. Si se pierde la visión espiritual y se olvidan los fines del matrimonio, se reduce la relación sexual a un deseo centrado en el placer y se pervierte el hermoso don de la sexualidad.

La apertura a la vida es contraria al uso de anticonceptivos. Este aspecto de la sexualidad lo tratamos en otro artículo (anticonceptivos >>>). Vamos aquí a tratar sobre el amor unitivo. El matrimonio es una alianza de amor que se expresa en la totalidad de la relación. En ese contexto, es normal y bueno que dentro de la relación conyugal hayan muestras del amor que los une y les hace felices de estar juntos. Estas muestras de amor son muy diversas e íntimas y se deben aceptar como un don de Dios y del cónyuge. 

Lamentablemente nuestra cultura le da mas valor al placer sexual que a los compromisos del amor conyugal (respeto a la dignidad de la persona, fidelidad, entrega, etc). Cuando la persona de deja llevar por esta mentalidad se va encerrando en sus fantasías y queda atrapado por sus deseos carnales de manera que estos le dominan y le ciegan.

Cuando esta actitud se lleva a la relación conyugal se cae en una mentira porque se pretende expresar algo que no es cierto. En vez de amar, se utiliza al cónyuge grosera y egoístamente. En vez de relacionarse como esposos que se aman, se busca al otro como objeto de placer. Entonces, si no se produce el placer anticipado se aumenta la explotación... se utilizan videos, libros eróticos, artefactos... 

También hay quienes recurren a fantasías en las que se quiere incluir a otras personas en la intimidad matrimonial. Sea en la forma que sea, aunque de pensamiento, si es consentido, constituye una forma de adulterio que es un grave pecado contra Dios y contra el amor conyugal cristiano. Nadie tiene derecho de imponer semejantes aberraciones a su cónyuge.

Son denigrantes e indignas de personas que se aman. Estos comportamientos no se deben jamás aceptar. Si se permite una vez o en alguna forma, se abre el camino para que se arraigue el vicio y después será mas difícil detenerlo. Para evitar estas cosas es necesario continuamente cultivar y proteger la visión cristiana del matrimonio y evitar las tentaciones que el ambiente presenta.

Debo de aclarar que no es el placer lo que es malo sino el anteponerlo al amor. Como la carne tiende fuertemente a irse tras el placer, esta tendencia solo se vence cuando se entrena el corazón, renunciando las impurezas y dedicándose al servicio generoso. De lo contrario, los apetitos carnales van tomando fuerza y se imponen. La capacidad de amar se va reduciendo proporcionalmente.

A quien me diga que se siente dominado por el placer le recomiendo que haga un retiro espiritual. Necesita un encuentro con Cristo ya que solo El puede sanarle. Si esta casado de además redescubrir el amor hacia su esposa. Un amor que se exprese en todo momento, no solo cuando se la desea. El amor se fundamenta en el darse en el servir. El Señor se encargará de llenarlos a los dos de felicidad en esa entrega.

Re: medios artificiales de evitar la procreación Encíclica Casti Connubi de Pío XI,

No existe, sin embargo, razón alguna por grave que pueda ser, capaz de hacer que lo que es intrínsecamente contrario a la naturaleza se convierta en naturalmente conveniente y decoroso. Estando, pues, el acto conyugal ordenado por su naturaleza a la generación de la prole, los que en su realización lo destituyen artificiosamente de esta fuerza natural, proceden contra la naturaleza y realizan un acto torpe e intrínsecamente deshonesto.

No es extraño, por consiguiente, que hasta las mismas Sagradas Escrituras testifiquen el odio implacable con que la divina Majestad detesta, sobre todo, este nefando crimen, habiendo llegado a castigarlo, a veces incluso con la muerte, según recuerda San Agustín: «Porque se cohabita ilícita y torpemente incluso con la esposa legítima cuando se evita la concepción de la prole. Lo cual hacía Onán, hijo de Judas, y por ello Dios lo mató».

Puesto que algunos, apartándose manifiestamente de la doctrina cristiana, enseñada ya desde el principio y sin interrupción en el tiempo, han pretendido recientemente que debía implantarse solemnemente una doctrina distinta sobre este modo de obrar, la Iglesia católica, a quien Dios mismo ha confiado la enseñanza y defensa de la integridad y honestidad de las costumbres, en medio de esta ruina de las mismas, para conservar inmune de esta torpe lacra la castidad de la alianza conyugal, como signo de su divina misión, eleva su voz a través de nuestra palabra y promulga de nuevo que todo uso del matrimonio en cuyo ejercicio el acto quede privado, por industria de los hombres, de su fuerza natural de procrear vida, infringe la ley de Dios y de la naturaleza, y quienes tal hicieren contraen la mancha de un grave delito.


Educación a la castidad

Es un deber de los padres velar por la educación de la castidad de sus hijos. Esta educación supone no sólo la respuesta leal y progresiva a los problemas del origen de la vida, el advertir a tiempo las transformaciones de alrededor de los trece años, sino también, en un ambiente de confianza y amor, la educación de la valentía, del valor, para asegurar sin peligro el sostenimiento del equilibrio y el dominio de sí mismo en este período de crisis que caracteriza la adolescencia.

Los padres no tienen derecho, en una materia que puede tener repercusiones tan serias, a dejar que esta educación se haga «a la buena de Dios», y con frecuencia, «a la gran desgracia» de los niños, que tanta necesidad tienen de ser instruidos afectuosamente, guiados, ayudados por aquellos que tienen el derecho de decirlo todo, y de quien ellos tienen la obligación de oírlo todo.

No porque sea un deber delicado y difícil hay derecho a eludirlo.

La revelación por los padres mismos del hermoso plan de amor de Dios, lejos de disminuir el respeto, la confianza y el afecto hacia el papá o la mamá, despertará en el espíritu de sus hijos el sentimiento de la grandeza y dignidad del matrimonio y avivará en su corazón -porque son más razonados- ternura y reconocimiento hacia aquellos a quienes deben, después de Dios, el ser y la vida.

No hay por qué crearse una montaña para decir la verdad de manera delicada.

Gran número de libros se han editado a propósito de esto, con fórmulas concretas de conversaciones para chicos y chicas, como respuesta a las distintas preguntas que suelen hacer y para las diferentes edades de la infancia y de la adolescencia. Os será fácil inspiraros en ellos leyendo el texto y añadiendo los comentarios que vuestro corazón os dicte. Lo que es menester es decir las cosas con la mayor naturalidad, insistiendo sobre la grandeza del amor que ha inspirado el plan divino hasta en los detalles y pidiendo a os niños que no hablen de ellos a los otros a fin de dejar a sus propios padres tomar la iniciativa, instruirlos y guiarlos.

Si por casualidad se juzga que el niño puede aprovechar la lectura de tal o cual página, que sea, al menos, como una conversación comenzada o continuada, y, por consecuencia, que acaba en conversación. La voz, con el tono, los matices, los acentos, crea alrededor de la letra muerta una armonía viva de pensamientos y de sentimientos que la coloca en su justo punto y la hace buena y bella.

¡Cuántos atenuantes, sugestiones, repeticiones, correctivos, dulzuras y vivacidades son necesarios para comunicar a pensamientos tan delicados la pureza de forma, la veracidad exacta del sentido, el ritmo bienhechor de la paz! Al libro el niño no responde, no se abre, permanece mudo, y la más segura protección del niño está en hablar a sus padres. El libro es apresurado, no espera, trastorna el orden interior, las imágenes asaltan la sensibilidad. La conversación, al contrario, es paciente; va y vuelve; avanza y retrocede; vuelve a comenzar si hay necesidad; se pliega de manera muy sutil a la sinuosidad y elasticidad del alma infantil. Una madre llena de experiencia y muy inteligente -sólo esta frase lo demostraría- decía con finura: «Es necesario adaptar los consejos al estilo de la familia».

Hay a veces niños tímidos, o bien niños que no se atreven a interesarse por esos problemas porque han oído alrededor de este asunto ciertas reticencias y se imaginan que son cosas en las cuales no hay que pensar. Pero eso no sería sin gran inconveniente para el porvenir. Dadles confianza, pues, y no adoptéis nunca un aspecto solemne ni cohibido para hablar de estos asuntos.

Después de una conversación de este género no dudéis en decir a vuestros hijos que recurran a vosotros de nuevo si en adelante alguna otra cuestión se plantea a su espíritu. Mantendréis así entre vuestros hijos y vosotros una puerta abierta a la confianza total, tan necesaria en este terreno.

En materia de pureza no son las costumbres o las convenciones las que determinan lo que está bien y lo que está mal- Hay un orden en la creación, y es este orden, o en otros términos: ese plan de amor que Dios ha establecido, lo que es necesario respetar.

No se trata de ver el mal en todas partes. Ni tampoco de ser ingenuos e imaginar que nuestros niños están fuera de todo peligro. En este mundo moderno, que Bergson calificaba de afrodisíaco, se encuentran desequilibrados, obsesionados, gentes más o menos morbosas, y nuestros niños pueden ser uno u otro día, cuando menos lo sospechemos, víctimas de un camarada perverso o de un adulto impúdico.

Es necesario que la mamá haya podido decir un día muy naturalmente a su hijo: «Estate con cuidado: encontrarás a veces compañeros o gentes mal educadas que se portan mal. Si alguno, por ejemplo, quisiera jugar contigo a juegos indecentes, intenta hacerte cosquillas entre las piernas, no te dejes y ven a hablar conmigo». La experiencia prueba que un 60% de los niños, por lo menos, niñas o niños, han sido uno u otro día objeto de tentaciones de ese género sin que los padres lo sospecharan siquiera. Un niño prevenido vendrá más fácilmente a sincerarse con vosotros en caso de peligro.

Ante los inconvenientes del silencio en estas materias, varios países han preconizado la educación colectiva en la escuela. Es ésta una medida en extremo peligrosa, y varios países que la habían adoptado han renunciado finalmente a ella. En materia tan delicada, dirigiéndose a espíritus y, a temperamentos tan diversos como los que puede ofrecer una clase con una enseñanza uniforme en la que falta totalmente la gradación necesaria según las circunstancias tan variadas del auditorio, existe el peligro de convertirse en seguida en objeto de conversaciones malsanas y de crear en algunos la obsesión de la sexualidad.

Nada es mejor que la iniciación individual adaptada al desarrollo

Se mutila la verdad mostrando sólo el aspecto fisiológico de estos problemas. Es muy importante exponerlos en una síntesis donde no se olvide el aspecto sentimental, el aspecto social y el aspecto religioso.

Nuestras respuestas deben estar impregnadas de espíritu de fe y descubrir al iniciado el plan providencial de Dios en relación con el dominio de lo sexual. Sin duda alguna, ciertos detalles son muy delicados para explicarlos; pero, por otra parte, y si bien el hombre puede corromper el plan divino en esta materia, es necesario no perder de vista que la estructura del corazón del hombre o de la mujer, su madurez fisiológica, los actos fundamentales de la unión conyugal, de la paternidad, de la maternidad y del nacimiento de los hijos, son obra directa de Dios.

Es preciso no perder tampoco de vista que el Señor ha hecho del matrimonio un sacramento y que los actos conyugales, realizados en estado de gracia y según la rectitud de su naturaleza, llegan a ser para los cónyuges fuente de gracia y de méritos para el cielo.

Es necesario, pues, enfocar el problema de la sexualidad con mirada límpida, bajo su aspecto providencial noble y puro. Con esta rectitud, con esta nobleza, debemos hablar de él a nuestros niños.

Importa que la niña sea prevenida por su mamá antes que se produzca el acontecimiento que la consagrará como mujer.

Le explicará ésta primero el papel de la madre. Con la pubertad de la mujer, especialmente con ocasión de los nuevos cuidados de higiene que deberá tener, y al corriente de los cuales es necesario ponerla, podrá la madre volver sobre el asunto para precisar lo que haya dicho unos años antes relativo al «papel de la madre» en la vida del niño pequeño. Como las circunstancias se prestan, podrá darle de manera técnica los detalles físicos y fisiológicos necesarios. El tema será el siguiente: la adolescente deja de ser una niña para convertirse en mujer; su cuerpo está dispuesto a prepararse poco a poco para su hermoso papel de madre. Y precisamente porque es obra importante y delicada, un trabajo de colaboración con Dios, la preparación se hace lentamente. Y puesto que su cuerpo será algún día la primera cuna de un niño pequeñín, debe ella, a la vez, cuidarlo y respetarlo.

Es importante, asimismo, que el chico sea prevenido por su papá -y, en defecto de él, por su mamá- de las transformaciones que van a operarse en él, de las reglas higiénicas que debe observar. Convendrá prevenirlo, para que no se inquiete por las perturbaciones fisiológicas que pueden sobrevenirle durante el sueño independientemente de su voluntad.

Una recomendación que tal vez sorprenda a algunos padres, a la cual, sin embargo, conceden una gran importancia quienes profesionalmente reciben numerosas confidencias: el niño no debe, en manera alguna, compartir el dormitorio de sus padres. Con frecuencia, las condiciones económicas impiden a los padres conformarse a esta exigencia esencial, pero cuantas veces sea posible, es necesario hacerlo.

Ignoramos todavía el grado de impresionabilidad del cerebro infantil. Es, no obstante, verosímil que el cerebro del niño, muy sensible, reciba ciertas impresiones, como la placa de cera de un aparato registrador, aunque no las asimile hasta mucho más tarde.

A los padres -a la mamá, principalmente- incumbe formar al niño en lo relativo a pudor, de modo que, de una parte, evite las fobias, los temores exagerados, que le harían ver el mal en todo; pero, por otra, tenga el sentido de cierta reserva, tanto más indispensable cuanto que el ambiente actual se empeña en destruirla.

¿Qué hacer si os dais cuenta de que vuestros hijos han adquirido malos hábitos solitarios?

  • Nada de dramatizar, no amedrentar al chico ni hipnotizarlo con este motivo; tendréis el peligro de formar en él una obsesión y de impedirle salir de ella.
  • Enseñar al niño a lavarse como es preciso y completamente. Con frecuencia, estos hábitos provienen de falta de higiene y de limpieza.
  • Plantear el problema en el aspecto de la buena educación y del respeto a sí mismo: un niño bien educado no juega con su cuerpo, como no se rasca la nariz ni se frota los ojos.
  • Animar al niño a reforzar su voluntad haciéndola trabajar en otros dominios.
  • Asegurarle que no hay por qué extrañarse de las tentaciones en ese sentido: son propias de la edad; pero es también propio de su edad ejercitarse en el dominio de sí mismo con la gracia de Dios, que nunca se le niega al hombre de buena voluntad. Proporcionarle una vida equilibrada; enseñarle a elegir lecturas, a evitar cualquier causa de excitación y orientarlo en la técnica de la diversión en algo que le interese.
  • En esta materia es necesario insistir más sobre el aspecto positivo de la alegría de elevarse, de vencer, que sobre el aspecto negativo de la falta moral. Este punto, preciso es dejarlo al juicio del confesor, que para eso tiene gracia de estado.

Instruir a la juventud en las realidades de la vida no es, como pretenden algunos higienistas, prevenir contra los peligros de las enfermedades venéreas, sino preservar de desviaciones morales que resultan de la mala conducta. El hombre no es un simple animal a quien hay que proteger de los contagios microbianos; es un ser que debe por sí mismo dominar sus apetitos.

La juventud debe saber que si es depositaria del poder creador, eso no es para que se envilezca y lo convierta en instrumento de placer. La impureza es a la vez una falta contra el respeto que el hombre se debe a sí mismo; una falta contra la que algún día será su esposa, una falta contra los hijos, herederos de sus potencias físicas y morales.

Un joven se prepara, pues, a la fidelidad en la medida que se respeta a sí mismo y en la que respeta a la mujer en general.

Tomado de Gaston Courtois, "El arte de educar a los niños de hoy", Atenas, 1982, en www.edufam.net

Cortesía de: www.interrogantes.net


Castidad esponsal

Amor matrimonial: un arte y una virtud

Quién no ha experimentado el deseo de cantar como Plácido Domingo? ¿Quién no ha deseado tener la destreza con el balón al ver las famosas jugadas de Pelé, Maradona o Ronaldo? ¿A quién no le ha apetecido tener la genialidad y creatividad de un Benigni? Cuando nos acercamos a estas u otras personas, se abre ante nosotros un horizonte nuevo, una excelencia fascinante, una posibilidad desconocida, que, sin embargo, tantas veces choca con nuestra realidad. Querríamos, pero no podemos. Y no podemos porque no sabemos, y porque no tenemos la energía y vitalidad suficientes. Nos falta un arte.

También en la experiencia de amor se descubre una excelencia, una plenitud, que fascina y embarga a la persona en su totalidad: en ella se nos revela, sin duda, el destino de nuestra vida, porque nos promete una plenitud de comunión interpersonal. La misma intensidad del placer que acompaña será signo de la plenitud personal que encierra, porque el placer humano es esencialmente figurativo. ¿De qué? Del gozo de la comunión con otra persona.

Nuestras grandes esperanzas están, precisamente, aquí: en el poder realizar lo que la experiencia de amor nos promete. Y aquí, precisamente, se encuentran las grandes dificultades y fracasos. En nuestro entorno vemos cómo las grandes ilusiones y esperanzas del amor van languideciendo, adormeciéndose. ¿Acaso no experimentamos, cuando vamos a una boda, esa inquietud desconcertante de dudar si esos novios a los que queremos serán capaces de vivir las esperanzas que les animan?

Poco nos preguntamos del porqué del fracaso del amor. Éste no se encuentra, normalmente, en la falta de sinceridad inicial, ni en la falta de entrega. No. Las personas cuando se quieren de verdad y están dispuestas a casarse, saben bien lo que están haciendo y quieren de verdad vivirlo. ¿Dónde está, pues, la razón de tantos fracasos?

El error se encuentra precisamente en una confusión inicial: pensar que para construir un matrimonio y una familia basta la sinceridad del sentimiento y la buena voluntad. Como si todo se redujese a la decisión de la voluntad. Basta querer, basta decidirse, basta entregarse. Y todo lo demás viene por añadidura. Como aquel chiquillo que fue educado en una familia en la que los toros eran casi todo, y acudía puntualmente con sus padres a la corrida aprendiéndolo todo sobre la lidia. Fascinado por la nobleza del diestro, su gran ilusión era torear también él; hasta que un día se decidió y se lanzó al ruedo. Lo sabía todo sobre el arte del toreo, lo había ensayado en su casa muchas veces; pero ahora, cuando el toro viene hacia él, comienza a experimentar cosas que antes jamás había experimentado: el miedo, el deseo de huir, la ira... Y, asustado, se echa a correr.

¡Qué distinto es aquel otro chiquillo que ha sido educado entre los toros y que, puntual, acudía con su padre no al ruedo, sino a los abrevaderos y a los pastos! Su padre le va poco a poco ayudando a interpretar el sentido del miedo que experimenta cuando ve venir al toro, y le ayuda a integrarlo. Ese chiquillo no conoce de teoría, sino con con su propia experiencia, interpretada e integrada. Gracias a ella, acabará siendo un verdadero maestro, y tendrá un arte formidable que le permitirá brindar lo mejor de la faena.

También los novios se piensan que basta con saber y querer. Se lanzan al matrimonio, y se encuentran después con experiencias absolutamente nuevas que no saben interpretar ni integrar.

Una novedad formidable

No basta querer, no basta saber en teoría. Porque el amor implica una novedad formidable en la vida de las personas, con una gama muy variada de experiencias irreductibles entre sí, que atañen a dimensiones muy diversas, como es el cuerpo con sus instintos y necesidades, el afecto con el poder de recrear el mundo interior y descubrir la resonancia afectiva, el espíritu con su poder de donación e intimidad y, por fin, la misma gracia de Dios que entra en todo lo humano y lo transforma haciendo del amor conyugal verdadera caridad conyugal.

Todos estos dinamismos no se encuentran armonizados por naturaleza, por lo que en ocasiones se contraponen entre sí, pidiendo cosas diversas, dividiendo nuestra subjetividad. Entonces nos damos cuenta de la necesidad de integrar todos nuestros dinamismos para poder amar en totalidad a la persona. No basta sólo con decidirse, porque el amor entre un hombre y una mujer implica la corporeidad y el afecto y la voluntad, y no sólo de uno, sino de dos personas: si todos estos dinamismos no están coordinados, el querer se verá falto de luz con la que iluminar el camino concreto, y de energía para recorrerlo y terminará por refugiarse en modos estereotipados de amor.

La experiencia afectiva descubre un horizonte formidable de sentido a la persona. Pero ahora es preciso que la persona plasme este sentido en su propia afectividad, configure su mapa interior en relación al sentido descubierto, afine su teclado afectivo para que sea capaz de reaccionar bien. Aquí está el gran reto del noviazgo: construir la subjetividad de los amantes. La virtud de la castidad es, precisamente, esta armonización y plasmación de la propia interioridad. No es primeramente continencia, ni menos aún represión del instinto, ni negación de la energía vital.

Es principalmente la energía y luz del amor que integra al sujeto en todos sus dinamismos haciéndolo capaz de construir la comunión de personas entrevista en su experiencia afectiva, porque le da la capacidad de inventar acciones verdaderamente excelentes en las que expresar recíprocamente su mutuo amor.

Sexo y familia

El sexo es un instinto que produce una institución; y es algo positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño Estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales.

Incluye adoración, justicia, fiesta, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa; y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta. La verdad es que hay cierta gente que prefiere quedarse en la puerta y nunca da un paso más allá.

Gilbert. K. Chesterton en Weekly

Una clave interpretativa

¿Dónde está, entonces, la clave interpretativa de la virtud de la castidad? En la mirada llena de ternura a la persona amada que sabe descubrir su belleza y dignidad.

El cuerpo deja entonces de ser objeto de amor para convertirse en verdadero sujeto: se ama con todo el cuerpo y el afecto y la voluntad y la gracia. «La virtud de la castidad es la virtud que nos permite entregar un amor entero», sin dobleces ni pliegues sobre sí mismo, decía san Agustín. ¡Qué bien entendemos lo que es un amor maduro capaz de entregarse totalmente sin curvarse sobre sí o esconderse en dobles intenciones!

Posaba desnuda una bella chiquilla gitana ante el pintor sin apenas sentir vergüenza. ¿Cómo así? Veía que la mirada del pintor no pretendía usarla, sino sólo expresar la belleza de su cuerpo. Pero cuando esa chiquilla vio asomarse por la ventana a unos mozalbetes curiosos, inmediatamente se cubrió. ¿Por qué? Esta mirada era muy distinta, pretendía satisfacerse en ella, usarla en definitiva. ¿Pero acaso no se refleja aquí la experiencia más clara de lo que es el pudor como una percepción de la dignidad del cuerpo y su sentido esponsal? De esa experiencia arranca la virtud de la castidad, que fascinada por la posibilidad de una comunión recíproca en el cuerpo, va poco a poco integrando y plasmando con paciencia todo el mundo de los deseos y de los afectos, hasta alcanzar la pureza interior.

La pureza del corazón nos permite comprender la belleza de la persona, y acogerla en su totalidad. Es esa presencia del Espíritu Santo en el corazón del hombre la que le permite, poco a poco, ir descubriendo la belleza última de la persona e ir integrando en la caridad conyugal todos los dinamismos del amor. Es entonces cuando los esposos entienden que su cuerpo es templo del Espíritu, y que en la unión de los dos Dios celebra su liturgia santificadora y creadora.

Amar implica un verdadero arte, el más difícil, el más fascinante, el más imprescindible. Como todo arte, se trata de una habilidad personal, adquirida poniendo de nuestra propia genialidad. Un arte que, en definitiva, es Dios quien nos lo regala y cuya acogida en el hombre genera la virtud de los enamorados, la virtud de la castidad

José Noriega Bastos

Cortesía de Alfa y Omega, Semanario Católico de Información Nº 360/26-VI-2003


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